pero respondemos correos a medianoche.
Defendemos la desconexión digital…
mientras celebramos al “siempre disponible”.
En la dirección ejecutiva la contradicción es evidente:
exigimos concentración y pensamiento estratégico, pero vivimos atrapados en la urgencia constante.
La pregunta no es solo si somos capaces de desconectar, sino si estamos dispuestos a liderar con el ejemplo:
¿Qué mensaje enviamos cuando escribimos fuera de horario?
¿Qué cultura creamos cuando la rapidez importa más que la calidad?
¿Cómo pedimos foco si nosotros no lo protegemos?
La desconexión digital no es un beneficio blando.
Es una decisión de liderazgo.
Porque liderar no es estar siempre conectado,
es saber cuándo estar presente y cuándo parar para pensar mejor.
Quizá el verdadero reto no sea tecnológico,
sino cultural y personal.
¿Estamos preparados para asumir esa incoherencia… y corregirla?

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